ANDRES FERNANDEZ SALVADOR

No podríamos continuar con el tema de las Cuevas de los Tayos sin incluir la figura de Don Andrés Fernández Salvador, destacado explorador de los Llanganatis, y de quien Presley Norton dijera que fue “la primera persona de la que escuchó hablar sobre las Cuevas de los Tayos”. Durante más de 3 años he intentado por diferentes medios contactarlo e intercambiar percepciones tanto del asunto Tayos, como del tesoro de Atahualpa y Rumiñahui. Ademàs, aparte de lo fabuloso de esa conversación tendríamos que analizar en conjunto la posibilidad de que la colección Crespi haya sido parte de alguno de ellos, y de la interrelación de ambos. Hasta que ese día llegue, sigo en el empeño de recopilar información, digerirla y compartir lo necesario, con la premisa de siempre, de entregar conocimiento, que es la única manera de encontrar las respuestas.

Por tal motivo en esta ocasión, comparto la entrevista que realizara nuestra amiga Ileana Matamoros y que fuera publicada en la revista Diners en Octubre del 2011.

EL HOMBRE QUE BUSCABA EL TESORO DE LOS INCAS
©Ileana Matamoros

Por Ileana Matamoros
@ilematamoros

Foto Omar Sotomayor

 

Esta historia que empieza en 1532 con un secuestro y un rescate millonario, tiene todos los elementos de una película de aventuras: traición, lealtad, tortura, mensajes enterrados en botellas, enigmáticos mapas, extrañas y trágicas muertes, pero es sobretodo la incansable búsqueda del más sorprendente tesoro escondido: el oro del rescate del Inca Atahualpa.
Es un hecho documentado por las crónicas de la Conquista que cuando Francisco Pizarro tomó prisionero a Atahualpa, este le ofreció un cuarto lleno de oro y dos de plata como pago para su liberación. Las riquezas empezaron a llegar a Cajamarca, pero a pesar del trato el Inca fue sacrificado. Enterado de su muerte, el General Rumiñahui mandó a recoger los mejores tesoros del Imperio para ponerlos a salvo de los españoles. “Cara de Piedra” fue mortificado hasta la muerte, pero jamás reveló el lugar donde los ocultó.

En el Barrio Centenario de Guayaquil vive Andrés Fernández-Salvador, un hombre de exótica trayectoria que lleva 61 años buscando el magnífico tesoro que Rumiñahui habría escondido en los inhóspitos montes LLanganatis, y está convencido de que cada vez está más cerca.

 Este elegante y risueño caballero que nació hace 87 años en Quito, y que prefiere un pañuelo en el cuello a las corbatas, baja las amplias escaleras de su casa con energía, lejos de la baranda. Fue alguna vez Mr. California, y no hay que ver las fotografías de su herculina juventud para imaginarlo en la playa levantando mujeres en el aire con un solo brazo. Tiene un lugar de honor en la historia deportiva nacional como uno de los pioneros y difusores del levantamiento de pesas en Ecuador. Fue un gran atleta, la revista Streng & Health lo consideró el único en haber roto un record de levantamiento con una mano e igualado la marca olímpica de los 100 metros planos de Jessy Owens.

 Andrés Fernández-Salvador vino al mundo, lo que se dice, en cuna de oro. Hijo de un importante hacendado, ganadero, y propietario entre otras cosas de las fuentes de Tesalia, el creador del agua mineral Guitig. Vivió parte de su infancia en Francia, de regreso a Quito ingresó al colegio Mejía, y al poco tiempo sus padres lo enviaron a estudiar a Los Angeles.

Fue allá, durante su adolescencia en Estados Unidos, que supo de la historia de tesoro escondido de los incas, y el llamado de la selva se instaló en su aventurero corazón.

-¿Cuál fue su primera expedición?
Tenía 15 años cuando escapé de casa. Me fui caminando desde Los Ángeles hasta Ensenada. Allí esperé a un barco que iba a cruzar por Panamá con destino al África. Eso es lo que yo quería: vivir como Tarzán, ja ¡No llevaba ni dinero! Estuve en el muelle hasta que vi que tiró ancla, entonces me lancé de cabeza desde unos 6 metros y subí por la cadena. Yo era muy fuerte… No sé cómo fue que me encontraron. Los marinos –mexicanos- se rieron, fueron muy amables conmigo, me moría del hambre y recuerdo que me dieron chile con carne. Pero no me permitieron ir con ellos, tuve que volver.
Yo había leído el libro El diablo del mar (The Sea Devil) sobre la vida del conde Von Luckner. Él también se escapó de la casa de sus padres en Berlín, y llegó hasta a Hawai. Se volvió aficionado a los barcos -construyó uno él mismo, y allí descubre que EE.UU. estaba en Guerra con Alemania. Así que –¡qué cosa más increíble!- le pone cañones a sus barcos y empieza a atacar a los que transportaban comida para los aliados de la Primera Guerra. Salvaba a la gente, pero hundía el barco. Llegó a hundir un millón de toneladas. No recuerdo el final de la historia… pero fue algo que me emocionó mucho, me dije: “Ya alguien ha pensado en lo mismo que yo”. No en hundir barcos, claro está, sino en hacer la vida por propia cuenta, y a eso me dedique.

-¿Cuándo empezó su interés por el tesoro de Atahualpa?
Tenía unos 14 años. Era un domingo y salió en primera página de Los Angeles Examiner un reportaje sobre el tesoro perdido de los Incas. Perdí la cabeza. El tipo que escribía era apellido Sheppard y tenía una imaginación muy fértil, exageraba. Decía haber visto animales prehistóricos, y que el tesoro estaba en una laguna que a medida que uno se acercaba se iba alejando… Yo a los 14 me creía todo, y se me quedó aquí.


“Se me quedó aquí”, repite Fernández-Salvador tocándose la sien. Debe ser verdad aquello de que “no se puede escapar de un tesoro una vez que se ha fijado en tu mente”. Con esta frase de Joseph Conrad, empieza Sweat of the Sun, Tears of the Moon: A Chronicle of an Incan Treasure (Sudor del Sol, lágrimas de Luna: crónica de un tesoro incáico) un libro de no-ficción publicado por el norteamericano Peter Lourie en 1998 acerca de la búsqueda del rescate de Atahualpa, allí relata los esfuerzos de “Andrew” Fernández-Salvador por encontrarlo.

 Pero todavía tendrían que pasar algunos años para que el joven heredero entrara en los misteriosos Llanganatis. A escondidas de su padre, se inscribió en el prestigioso Los Angeles Athletic Club. Su pasión y aptitud para los deportes lo convirtieron en un célebre miembro de aquella selecta cofradía. “Mi locker estaba en medio del de John Wayne y el de Tyrone powell -recuerda- ellos tenían 30 años y me querían como a un hermano menor, pero yo más fuerte   que John Wayne”, asegura. De uno de sus álbumes saca un recorte amarillado, es un artículo dedicado a él en la revista del club: “Andrew Fernández-Salvador es sin duda uno de los jóvenes de 15 años más fuertes del continente (…) Su devoción al ejercicio y el levantamiento de pesas lo ha hecho crecer física y mentalmente, y le han dado la seguridad y porte de un hombre maduro. Aquí en nuestro club tenemos la salud y la fuerza de El Dorado…”, dice.

Ya estaba en la Universidad del Sur California cuando ocurrió el ataque a Pearl Harbor. Por su propia voluntad y con el grado de sargento fue apostado en distintos fuertes de Estados Unidos. Al terminar el conflicto continuó sus estudios de medicina. Pero durante unas vacaciones en Quito la vida le dio una vuelta de timón.

 

-¿Cómo fue que empezó buscar el tesoro?

Mi única ambición era volver a la Universidad del Sur de California para conseguir un puesto de entrenador de pista y saltos. Pero mi padre, que me quería mucho, me dijo: “Ya te extrañe 10 años, no quiero extrañarte el resto de la vida. Hagamos una cosa ¿Por qué no te encargas de vender la Guitig en la Costa? Así te estableces independiente en Guayaquil, y estás más cerca de la selva que es lo que te gusta. Obviamente, me interesó.

A los 28 años entré en los Llanganatis. Todo el que busca el tesoro de Atahualpa sigue el famoso derrotero de Valverde, y así lo hice yo también.

 

-¿De dónde salió el derrotero de Valverde?

Valverde era un humilde soldado español que se enamoró de la hija de un cacique de Píllaro. De pronto este soldado se volvió un hombre muy rico que hacía préstamos a todo el mundo. El padre de su mujer conocía el lugar donde Rumiñahui había escondido el oro, y como le tomó cariño compartió con él su secreto. En su lecho de muerte Valverde contó su historia e indicó el camino hacia el tesoro. Entonces el Rey dio órdenes de encontrarlo a las autoridades de la real Audiencia de Quito. La primera expedición fue encabezada por el padre Longo, un italiano, y todo seguía bien hasta que al cuarto día el sacerdote desapareció, los exploradores se dedicaron a buscar minas de oro cercanas y nunca sacaron mayor provecho.
Cuando el botánico inglés Richard Spruce vino al Ecuador por 1850, encontró una copia de este derrotero -qué es un relato escrito-, lo tradujo a su idioma y lo publico en la revista del Royal Geographical Society. Spruce además dio con un mapa, el de Anastasio de Guzmán. Yo lo tengo también, pero ahora sé que tiene mucho de imaginación, no es de gran utilidad. Guzmán fue un antiguo botánico que vivió en las afueras de los Llanganatis por 10 años. Era sonámbulo, un día se levantó de noche y se cayó en un precipicio.


Alternando entre sus negocios y el deporte, aquellas primeras incursiones de Fernández-Salvador en los Llanganates fueron más bien intuitivas. Pero un casual encuentro con el explorador, aviador y documentalista inglés George M. Dyott fue decisivo para la continuidad de su búsqueda, tanto por la inspiración que le produjo la amistad con este legendario personaje, como por las valiosas pistas que el viejo aventurero le entregaría.

-¿Cómo conoció al comandante Dyott?

Yo tenía unos 32 años, ya había hecho unas cuatro expediciones. ¡Y no sabía quién era Dyott! Él estaba sembrando cacao para chocolate en una haciendita cerca de Santo Domingo de los Colorados. Había sido amigo de mi padre, y me pidió que de regreso de un viaje le pase dejando de su parte unas pinzas para podar flores.

Dyott me invitó a tomar el té. La casa la había construido él mismo con tablas baratas, a mí me dio pena, pero eso sí, era limpiecita absolutamente pulcra. Yo tenía una barba terrible, que en esos tiempos no se usaba, y él no pudo evitar preguntarme el motivo. Así que le dije: “acabo de salir de los Llanganatis buscando un tesoro… Encontramos una laguna con un islote blanco que tenía unas gradas…”. Entonces me contó la intrigante historia que lo había traído al Ecuador:

 

– Las cartas de Bart Blake
Una familia norteamericana amiga suya, los Bemender, limpiando la casa de sus abuelos se topan con una nota en una antigua biblia que decía “buscar rifles y mochilas”, y buscaron pero no había en aquella casa nada parecido. Tiempo después en el ático hallaron un libro titulado Rifles y Mochilas, y dentro había un mapa que señalaba una isla. Siguiendo el mapa encontraron una botella con notas y mapas adentro firmados por el capitán Bart Blake. En las cartas, Blake le contaba al abuelo Bemender que había encontrado el tesoro de Atahualpa en los Llanganatis. Dyott me mostró fotos de la botella rota, las cartas y los mapas. En su carta Blake decía “el tesoro es inmenso, son obras de arte con incrustaciones de esmeraldas”. E hizo un mapa de cómo llegar a esta cueva, que ahora tengo yo. “Ni mil hombres podría mover el tesoro de dónde se encuentra” escribió Blake, “pienso salir lo más pronto posible a Europa para recoger el capital necesario y regresar nuevamente con suficiente protección”. Pero cuando volvía para reiniciar la expedición, en camino a Nueva York, desapareció del barco. Los tripulantes lo vieron por la noche y en la mañana ya no estaba. Piensan que se emborrachó y se cayó al mar, otros dicen que lo mataron para robarle.

 

– ¿Y qué hacían esos documentos en poder de Dyott?
Esta familia lo contrató para que busque el tesoro y repartirlo a medias. Pero el dinero se acabó y no tuvo éxito. Tengo como unas 15 páginas de notas de Dyott que relatan sus viajes, él entraba por seis meses, se dedicaba sólo a eso y a reportar los Bemender como iba la exploración.
Es que Dyott era tan importante explorador e investigador que la National Geographic, el Smithosnian Institute y la North American Newspaper Alliance, una vez le pagaron 100 mil dólares para encuentre a Percy Fawcett, un capitán inglés que desapareció en Brasil buscando una ciudad perdida en el Mato Grosso. Dyott llegó hasta la tribu de los Kalapalo, caníbales, y ellos le confirmaron que el hombre que buscaba había estado allí, pero parece que Fawcett le dio un chirlazo a uno de ellos así que lo mataron y se lo comieron. Los kapalos también tomaron prisionero a Dyott, lo enjaularon y le daban de comer maíz para engordarlo, porque Dyott era un hombre pequeño y muy delgado. Estuvo dos semanas así, comiendo maíz, hasta que descubrió la forma de escapar. Según la leyenda, los ejércitos de Brasil e Inglaterra que lo buscaban lo encontraron clavado contra un árbol con una lanza. ¿Comandante Dyot, cuánto tiempo ha estado así? Le habían preguntado. Quizás unos dos o tres días, respondió tranquilo. ¿Pero no le duele? Quisieron saber. Sólo cuándo me río, aseguró. Esto me lo contó él mismo.

Pero yo he visto fotos en la hacienda de mi padre en el Oriente ecuatoriano que me hacen creer que pudo ser cierto. Fotos de un indio de la hacienda a quien los aucas habían atacado: estaba esperando sentado a que llegue el médico para sacarle la lanza que lo tenía atravesado.

-Volviendo a usted y al tesoro de los Incas ¿Qué tan cerca considera que ha estado de encontrarlo?
Cada vez estoy más cerca. Hasta el año pasado he organizado 61 expediciones, este año, después de septiembre que hay menos lluvias, será la número 62. Ahora creo que estoy a unos 700 metros de la cueva. He cometido varios errores pero estoy seguro de que voy por el camino correcto. Es que he pasado muchos años buscando de atrás para delante, partiendo desde la salida del mapa de Bart Blake que tiene una entrada igualita a la que describe Valverde (el derrotero de Valverde no tiene retorno, sino que se regresa recogiendo pasos). Pero me equivoqué, porque el mismo Blake descubrió el tesoro siguiendo los pasos del derrotero.

 

– Supongo que ha corrido peligros…
Muchos. Los Llanganatis son un lugar muy raro, húmedo y resbaloso, con quebradas y altos picos, a veces la niebla no permite ver la propia mano con el brazo extendido. Agosto es el peor mes, los rayos caen hasta a 30 metro de distancia de uno sobre las rocas, es impresionante. Un explorador dijo que era “un lugar olvidado de la mano de Dios”.
Una vez el Pavo Freile, el famoso dictador del Ecuador, cuando era Jefe de la Fuerza Aérea en 1963 me prestó un helicóptero con un piloto, yo sólo tenía que poner combustible. Pasé seis meses entrando y saliendo, pero allí a veces simplemente la niebla no permite bajar, una vez nos caímos y se incendió el helicóptero. Estuvimos 34 días atrapados en una quebrada por donde pasaba un río maravilloso de agua cristalina. Por dos semanas cominos plantas y raíces, hasta que un avión nos lanzó bolsas con comida y los repuestos para el helicóptero. Perdí más de 30 libras.

 

– Y muertes…
Yo he perdido a dos hombres. Uno en el 53. Entré con dos amigos y 11 cargadores de Píllaro. Teníamos que cruzar el río Milin. Guido Boschetti, mi gran amigo, para acortar camino saltó por una chamba (un especie de terracita de roca, cubierta de yerba) y lo seguimos. Pero uno de los cargadores estaba muy nervioso, saltó mal y cuando se iba para atrás se agarró a mí en su desesperación, yo tuve que soltarme para no irme con él. Cayó al río, y logró agarrarse de una rama, pero se rompió y desapareció en la corriente. Buceamos casi tres horas con Guido pero no lo pudimos rescatar. Aproximadamente un año después entramos por el mismo lugar, y encontramos su cuerpo. Allí le dimos cristiana sepultura.
Años después, en los 70, conocí a un jovencito de Arizona obsesionado con sacar oro de los ríos del Oriente, tenía apenas 17 años. Le di un consejo: que vuelva a su país y estudie geología. “Tanteando como yo no vas a encontrar nada”, dije. Ciertamente en la zona hay minas, dice Blake que a 300 o 400 metros al norte de la cueva del tesoro, hay una mina de oro que probablemente sea la más grande del mundo. Bob, así se llamaba este chico, aceptó mi sugerencia. Después de largos años volvió. Un día le digo “bueno, vamos, entremos”, pero por alguna razón yo no pude aquel día. Vino con un amigo alemán, y se fue por el Cerro Negro, que es peligrosísimo. Y Bob siempre cometía errores, dejaba a su gente atrás y avanzaba por propia cuenta. Seguramente para que no lo sigan, pensando que iba a encontrar algo. Pero este muchacho de 240 libras, enorme y solo, se resbala por un precipicio. Abajo había un árbol milenario caído, y una de sus ramas le perforó el estómago. Su amigo, el alemán, me contó que sus últimas palabras fueron “Vietnam, Vietnam, diles a los chicos que se vayan a esconder”. Me apenó muchísimo. Esto fu e hace unos 15 años.

 

La historia me hace pensar en una escena que algunos consideran plausible: Rumiñahui entra en la mítica cueva con decenas de cargadores, depositando allí la última parte del tesoro. De pronto, él mismo junto a un puñado de sus hombres, los de mayor confianza, degüellan sin piedad al resto para dejar menos testigos. Fernández-Salvador no da crédito a esa versión, piensa que todos los hombres en que el General confío para aquella misión le eran totalmente leales. Sin embargo el fatal error de aquel muchacho de Arizona que avanzaba solo, temiendo que otro también encuentre lo que él busca, me lleva a preguntar…

-¿Es común entre los buscadores de tesoros temer a la traición de sus colaboradores?

Lo es. Pero yo no pienso así, siento que llegan a quererme tanto mis cargadores y mi gente que nunca me traicionarían, no puedo probarlo pero estoy seguro de eso. Todo depende de lo bien que uno los trate, y lo que les ofrezca. Mi equipo sabe que tendrá una participación el día que encontremos el oro. Esa es la recompensa, y por supuesto llegar a ser famosos ¿no?.

-¿Cómo se realizan estas expediciones? ¿Ha variado a lo largo de estos años?
Lo esencial no ha cambiado, se va pie, con cargadores que llevan comida y ropa. He ido unas 14 veces con helicóptero pero debe dejarme y volver a recogerme. A veces, sencillamente no se puede entrar por aire. Pero el siglo me ha ayudado mucho. Hace unos cuatro años, por ejemplo, me costó mucho dinero un localizador de metales enterrados, un aparato muy sofisticado. Y en la última expedición, que la hice con mi hijo Luis Felipe, logramos una triangulación que trazamos sobre una fotografía aérea, y coincide con Valverde.

-Usted prácticamente ha hecho una incursión al año por 6 décadas. Debe haber gastado mucho dinero…No quiero ni pensaren cuánto he gastado. Realmente mucho dinero. Aparte de los vehículos, los instrumentos, la comida la ropa. En cada expedición de estas participan de seis a 15 personas, y cada uno cobra por día. Últimamente, por lo general, voy con mi hijo, con Manri, mi mano derecha, y sus cuatro hermanos. Como decía el comandante Dyott: “conforme menos ruedas haya, menos se pueden reventar”. Ellos son impresionantes, viven de la montaña, se pasan cazando. Y mi hijo Luis Felipe sube los cerros como una cabra, a pesar de que no es deportista. A mí ya me molesta mucho una lesión de la rodilla, la próxima vez me voy a quedar en un campamento mientras ellos avanzan.

Recuerda que parte de los Llanganatis pertenecieron alguna vez a su padre. Y que fue su yerno, el que impulsó las gestiones para que fuera declarado parque nacional. “!Pero quién quiere ir a pasear por allí! Si los que queremos entrar, vamos preparados para algo horrible…”, se pregunta. Le comento que en internet se ofrecen paseos exóticos en aquel bosque húmedo, y cuestan más de 1500 dólares. Se ríe con ganas: “Sí, lo sé, ese es Manri con un francés que están organizando tours para europeos”.

-Hay estudiosos del tesoro oculto de los Incas, que sugieren que durante el pasar de los siglos ya varios lo encontraron y lo fueron sacando en secreto ¿Qué dice usted?
No, yo estoy absolutamente convencido de que el tesoro está allí. Antaño, en el siglo 18, se podía llevar a Europa oro y esmeraldas como si fuera ropa o zapatos. Pero el hallazgo de Blake fue de hace poco más de un siglo. Hubiera corrido la voz, es imposible. Además la mitad es de uno.

¿Para qué sacarlo a escondidas? Muchos lo han buscado, pero qué yo sepa, así como yo, nadie. Y sé que me han seguido, americanos, daneses, he visto sus huellas en expediciones. Los extranjeros vienen y van pero sólo lo intentan una vez… y escriben un libro enorme sobre su experiencia. Ya hay tres libros escritos sobre mí.

Sin duda place escribir sobre este este hombre fuerte y carismático. Ha impuesto su sueño por un antiguo tesoro sobre el interés de conservar sus riquezas heredadas. Dice que su único temor es tenerle miedo a la muerte. Cada fin de semana pilotea su avioneta hasta su hacienda Pacaritambo, La posada del amanecer. “Bien acompañado”, explica, mirando a su guapa esposa, Jeannette Lopéz, quien a simple vista podría ser su hija. “La primera vez que la lleve se bajó temblando, se arrodilló en la tierra y dijo, gracias diosito. Yo le respondí: llámame Andrés”. Este es su cuarto y definitivo matrimonio, asegura. “Nos casamos después de conocernos ocho años, ya era hora, estamos contentos”.


  -¿Qué hará si encuentra el tesoro?
La ley es clarísima: la mitad es para quien lo descubre y la mitad para el Estado. Ya todos saben mis deseos, y si yo muero Luis Felipe seguirá adelante. Quisiera que las piezas de arte se queden en un museo en Píllaro, y que todo lo que genere se invierta allí, en educar a los chicos de en su propia historia para llevarlos por el sendero de la prosperidad. Iríamos directamente las oficinas de Unesco en Quito, porque el tesoro sería declarado patrimonio de la humanidad. Sólo quisiera quedarme con una pieza, la mejor, una con incrustaciones de esmeraldas.
Es increíble cómo los españoles pudieron derretir tanta obra de arte, eso sí fue algo salvaje. Después de todo los Pizarro venían del sitió más alejado de la civilización de Europa, de Extremadura. Cuentan que a Atahualpa aún capturado le rendían pleitesía, hasta el mismo Pizarro, porque era un hombre imponente. Y que un día el Inca hizo que un soldado le escriba “Dios” en una uña. Cuando un español entraba, se lo mostraba para que leyera. Hasta que un día se lo enseñó a Pizarro, y entonces Atahualpa entendió que el comandante de sus captores no sabía leer. El español se sintió humillado. Creo que eso le hizo a Pizarro recoger suficiente resentimiento como para matarlo. Al pobre Rumiñahui, que era medio hermano de Atahualpa, lo descuartizaron para que diga dónde estaba el tesoro, pero él no habló. Cuentan que pidió un saco de maíz, metió la mano, sacó un grano y dijo: esto es lo que ustedes se llevaron, el saco es lo que quedo escondido por mí…
Y una vez que encuentre el tesoro seguiría la recomendación de Bart Blake: “al norte, directamente al norte de la cueva, al otro lado del desaguadero de Yanacocha, está la mina de oro más grande del mundo”. Todo está allí, sólo me falta tiempo, caray.

“Todo está allí, en los Llanganatis. Llanca-na-Ati, el sitio del laboreo del gran Ati”, susurra el incansable explorador.

Categorías: Palacios | 4 comentarios

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4 pensamientos en “ANDRES FERNANDEZ SALVADOR

  1. Juan Carlos

    sabes como puedo contactar a Andres Fernandez-Salvador???

  2. Anónimo

    Estimado contacte se con migo sam.alejandroflores@gmail.com

  3. Carlos gavilanes

    Tengo un satélite q puede detectar el tesoro de atahualpa pero no conozco la ruta podemos trabajar juntos y hacer sociedad

  4. Luis

    Facebook : El cazador – Son of man
    Facebook : paracas independent films

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